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jueves, 23 de julio de 2015

Oswaldo, no debio de morir

rolandoOswaldo, no debió de morir… Por Rolando Sabín


Otro año, el tercero ya, se nos viene encima la fecha del 22 de julio. Y lo hace con una fuerza aplastante, rotunda, demoledora. Tres años son 36 meses, 156 semanas, 1095 días del crimen, que sigue impune, en el silencio vil que solo rompen las voces de quienes quieren saber la verdad de lo ocurrido aquel día de 2012… verdad, no por oculta, ignorada…
Las vidas segadas aquel día eran valiosas ya por su valor intrínseco que les confería el mismo hecho de ser personas humanas… definida por sentencia trascendente de Boecio como Naturae rationalis individua substancia (sustancia individual de naturaleza racional): la vida humana vale por el simple hecho de serlo. Un valor que puede aceptar cualquier persona bien nacida. Para los creyentes,   existe el valor añadido del regalo vital del Creador, rematado porque fue creada a su imagen y semejanza.
Si a la humana esencia se añade la historia forjada en el devenir de la existencia, el daño causado por estas muertes crece hasta niveles inconmensurables.
En el caso  de Oswaldo, de quien puedo escribir desde el conocimiento profundo, se privó a la familia de un hijo, padre, esposo, hermano… todos valores que se enriquecían por contarle entre los miembros de un clan familiar de profundas raíces; numeroso pero compenetrado, unidos por un mismo amor a la tierra que les vio nacer, unidos por una misma fe, que le enriquecían como persona, pero del cual recibían el enorme caudal de generosidad, amor y entrega que él sabía dar.
Se privó a  quienes gozábamos de su amistad, del amigo sincero que siempre tenía para ti la mano franca junto a la rosa blanca.
Se privó a la Iglesia de uno de sus mejores hijos. Al barrio de uno de sus más queridos habitantes.
A Cuba, de uno de sus más fieles y devotos servidores, pero, y no menos importante: se pretendió cortar radicalmente la fuente de savia liberadora… ignorando que su luz irradiaba multiplicadora, en un haz que ya no se puede eliminar.
Hay hombres que nacen en momentos claves de la historia, pero pueden verse ante disímiles alternativas: se dejan aplastar por ella, la esquivan, la enfrentan, o la forjan. Oswaldo estaba entre quienes la forjan. En un momento crucial de la historia de Cuba, cuyos hijos se ven condenados a perder sus vidas en la más profunda y cruel oscuridad despersonalizadora o a vivirla en el exilio, Oswaldo comprende la raíz profunda del problema y lo enfrenta con una fuerza creadora y vital que hace temblar las raíces mismas del problema: medita, estudia la situación, crea constantemente, sorprende a todos con propuestas nuevas, cree cuando el resto del mundo pierde la esperanza, se lanza en pos de soluciones reales y vitales.
Oswaldo es la figura más prometedora para la historia de la nueva Cuba, es reconocido internacionalmente como tal, su voz es escuchada con respeto. Tiene críticos, muchos… pero, como dijo un día la principal raíz de su inspiración, Jesús de Nazaret: fuego vine a traer a la tierra, qué he de querer sino que arda.  También tiene seguidores y admiradores, muchos más. Siempre tiende la mano, construye puentes, pero no permite ni cae en manipulaciones del lenguaje ni en formalismos. Hace nacer la esperanza, y logra que se vea la luz al final del camino.
Hubo, a fines del siglo XIX, un hombre que también se situó al frente de quienes querían una Cuba mejor, libre y digna. También tuvo seguidores y detractores, pero cuando la muerte le encontró de forma absurda en Dos Ríos, Cuba quedó huérfana, y pocos años después alguien escribía una canción lamento que en lenguaje sencillo expresaba la pérdida: Martí, no debió de morir, ay, de morir…
Entre los años que finalizaron el siglo XX y estos que dan comienzo al XXI, otro hombre de estatura monumental, de esos que la historia permite en circunstancias excepcionales, movió montañas por el bien y la libertad de los cubanos, y tuvo una muerte prematura, no absurda, sino alevosa. Tampoco debió de morir, pero como el Apóstol del siglo XIX, este nuestro Apóstol del siglo XXI vive y seguirá iluminando nuestros caminos. Y por fin nos encontraremos, más temprano que tarde, en la Jerusalén liberada.
No se me ocurre hoy mejor combinación de palabras para honrar su memoria, y resumir la horfandad en que pretendían dejarnos quienes le mataron, que modificar aquellas sencillas palabras de la humilde canción:
Oswaldo, no debió de morir,
¡Ay, de morir!
(La Clave a Martí, obra cuya autoría permanece discutida y atribuida a diferentes autores)
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