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sábado, 3 de enero de 2026

No es guerra, es justicia,es la detención de un criminal

 


Por Mario Vallejo

Lo ocurrido en la madrugada de hoy no fue una guerra. Fue una operación policial internacional, dirigida por el Departamento de Justicia de Estados Unidos a través de la DEA, con apoyo logístico y tecnológico del Departamento de Defensa. Precisa. Quirúrgica. Sin épica hollywoodense ni daños colaterales innecesarios.

El objetivo fue claro: neutralizar los centros militares del régimen y proteger, hasta donde era humanamente posible, a la población civil. Maduro y su pareja no cayeron por accidente: fueron detenidos antes de esconderse, sacados de su guarida y puestos a disposición de la justicia. Fin del mito. Comienza el expediente.

Trump, en minutos, despejó la gran incógnita que nos rondaba a muchos: el “día después”.

Porque el verdadero peligro nunca fue solo el chavismo, sino lo que podía venir tras su colapso. La experiencia del llamado “gobierno interino” dejó una lección amarga: improvisación, voracidad y mediocridad vestidas de salvación nacional. Aquello no fue transición; fue saqueo con discurso.

Las elecciones de 2024 confirmaron el error: una designación a dedo, sin mérito ni liderazgo, recicló al mismo ecosistema que ya había demostrado incapacidad moral e intelectual para manejar siquiera la ayuda humanitaria, mucho menos un país devastado. Ese camino llevaba directo a una Venezuela fracturada, empobrecida y eternamente inestable. Una caja de Pandora con pasaporte diplomático.

Por eso el punto de quiebre llegó cuando Trump habló de algo distinto: control directo del proceso de reconstrucción por parte de Estados Unidos. Ahí dejamos la liga amateur y entramos en las Grandes Ligas.

La referencia implícita fue clara y poderosa: Japón después de 1945. Estados Unidos no improvisó. Designó a Douglas MacArthur como Comandante Supremo, desmilitarizó el país, reformó su estructura política, económica y jurídica, preservó símbolos para garantizar cohesión social y sentó las bases de una democracia funcional. El resultado está a la vista: una potencia mundial.

MacArthur no administró ruinas; diseñó futuro.

Trump propuso algo similar para Venezuela: liderazgo directo, restitución de la propiedad privada, reconstrucción institucional y uso del sector energético como locomotora del crecimiento. “Make Venezuela great again” dejó de sonar a consigna y empezó a parecer un plan.

En ese momento reaparecieron los nombres borrados por el chavismo: Andrés Sosa Pietri y el proyecto energético de los noventa, Franklin Brito y la dignidad aplastada por el Estado, los miles de empresarios despojados por decreto y bayoneta. La memoria también es una forma de justicia.

El mensaje fue inequívoco: permitir que el comunismo criminal se consolide en Occidente no es neutralidad, es complicidad. Y esta vez, detrás de la acción, hubo inteligencia estratégica, no improvisación; gente capaz, no operadores; planificación, no consignas.

Falta camino, sí. Quedan detalles, riesgos y decisiones complejas. Nadie sensato canta victoria definitiva.

Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, el optimismo no es un acto de fe sino una hipótesis razonable.

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