Lo ocurrido en la madrugada de hoy no fue una guerra. Fue una operación policial internacional, dirigida por el Departamento de Justicia de Estados Unidos a través de la DEA, con apoyo logístico y tecnológico del Departamento de Defensa. Precisa. Quirúrgica. Sin épica hollywoodense ni daños colaterales innecesarios.
El objetivo fue claro: neutralizar los centros militares del régimen y proteger, hasta donde era humanamente posible, a la población civil. Maduro y su pareja no cayeron por accidente: fueron detenidos antes de esconderse, sacados de su guarida y puestos a disposición de la justicia. Fin del mito. Comienza el expediente.
Trump, en minutos, despejó la gran incógnita que nos rondaba a muchos: el “día después”.
Porque el verdadero peligro nunca fue solo el chavismo, sino lo que podía venir tras su colapso. La experiencia del llamado “gobierno interino” dejó una lección amarga: improvisación, voracidad y mediocridad vestidas de salvación nacional. Aquello no fue transición; fue saqueo con discurso.
Las elecciones de 2024 confirmaron el error: una designación a dedo, sin mérito ni liderazgo, recicló al mismo ecosistema que ya había demostrado incapacidad moral e intelectual para manejar siquiera la ayuda humanitaria, mucho menos un país devastado. Ese camino llevaba directo a una Venezuela fracturada, empobrecida y eternamente inestable. Una caja de Pandora con pasaporte diplomático.
Por eso el punto de quiebre llegó cuando Trump habló de algo distinto: control directo del proceso de reconstrucción por parte de Estados Unidos. Ahí dejamos la liga amateur y entramos en las Grandes Ligas.
La referencia implícita fue clara y poderosa: Japón después de 1945. Estados Unidos no improvisó. Designó a Douglas MacArthur como Comandante Supremo, desmilitarizó el país, reformó su estructura política, económica y jurídica, preservó símbolos para garantizar cohesión social y sentó las bases de una democracia funcional. El resultado está a la vista: una potencia mundial.
MacArthur no administró ruinas; diseñó futuro.
Trump propuso algo similar para Venezuela: liderazgo directo, restitución de la propiedad privada, reconstrucción institucional y uso del sector energético como locomotora del crecimiento. “Make Venezuela great again” dejó de sonar a consigna y empezó a parecer un plan.
En ese momento reaparecieron los nombres borrados por el chavismo: Andrés Sosa Pietri y el proyecto energético de los noventa, Franklin Brito y la dignidad aplastada por el Estado, los miles de empresarios despojados por decreto y bayoneta. La memoria también es una forma de justicia.
El mensaje fue inequívoco: permitir que el comunismo criminal se consolide en Occidente no es neutralidad, es complicidad. Y esta vez, detrás de la acción, hubo inteligencia estratégica, no improvisación; gente capaz, no operadores; planificación, no consignas.
Falta camino, sí. Quedan detalles, riesgos y decisiones complejas. Nadie sensato canta victoria definitiva.
Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, el optimismo no es un acto de fe sino una hipótesis razonable.

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