_TRUMP, LOS EVANGÉLICOS Y UNA LECTURA EQUIVOCADA DE LA RELACIÓN ENTRE FE Y PODER_
_Observaciones al hermano Tomás Gómez Bueno y su Artículo: "Trump, los Evangélicos y el riesgo de instrumentalización de la Iglesia de Jesucristo"_
Por Elías Wessin
El artículo del apreciado hermano Tomás Gómez Bueno parte de una premisa atractiva (el legítimo temor a la instrumentalización de la fe), pero termina incurriendo precisamente en lo que denuncia, esto es, una lectura selectiva, moralizante y políticamente ingenua de la relación entre la Iglesia, el poder y la historia.
Confundir apoyo político con idolatría es un error conceptual porque apoyar políticamente a un líder no equivale a canonizarlo, ni mucho menos a considerarlo un mesías. La mayoría de los evangélicos que respaldaron a Donald Trump nunca afirmaron que fuera un modelo moral, un referente espiritual ni un creyente ejemplar. Lo apoyaron como actor político, no como guía teológico.
Reducir ese apoyo a una supuesta “devoción ciega” es una simplificación injusta que ignora el contexto, como la defensa de la libertad religiosa, el freno a la ideología de género impuesta por el Estado, la protección del derecho a la vida del neonato, la resistencia a la agenda cultural progresista global.
No se trata de idolatría, sino de discernimiento político frente a alternativas que abiertamente adversan los valores judeocristianos.
La analogía con Ciro no debe ser teológica, sino histórica. El hermano Gómez critica la comparación entre Trump y Ciro como si se tratara de una afirmación doctrinal. No lo es. Es una analogía funcional, no espiritual.
Ciro fue un gobernante pagano que, sin compartir la fe de Israel, tomó decisiones políticas que beneficiaron directamente al pueblo de Dios. Y si profundizamos teológicamente Dios llamó a Ciro "su siervo". La Biblia no lo presenta como profeta, sino como un gobernante, un instrumento circunstancial en manos del Señor, dentro de un momento histórico concreto.
Negar esa posibilidad hoy equivale a afirmar que Dios solo puede obrar a través de creyentes irreprochables, lo cual contradice el propio relato bíblico.
La Iglesia no está llamada a huir del poder, sino a limitarlo. Es cierto que la Iglesia ha sido más fiel cuando no ha sido absorbida por el poder político. Pero de ahí no se desprende que deba replegarse, callar o renunciar a incidir en la esfera pública.
La alternativa no es entre sumisión acrítica al poder, o aislamiento espiritualista. Existe una tercera vía, la participación vigilante, crítica, consciente de que el poder necesita contrapesos morales. En sociedades democráticas, la abstención política de los creyentes no purifica a la Iglesia; deja el campo libre al secularismo militante.
El moralismo selectivo también es una forma de ceguera, porque enfatiza las debilidades personales de Trump (reales, exageradas por sus antípodas o ninguna de las dos), pero evita toda comparación con sus adversarios políticos. Sin embargo, la pregunta relevante no es quién es más virtuoso personalmente, sino ¿qué proyecto político protege mejor la libertad, la dignidad humana y el orden moral básico?
Juzgar la política exclusivamente desde la ética personal es confundir púlpito con urna. En la historia, muchos gobernantes eficaces no fueron santos, y muchos hombres “virtuosos” causaron catástrofes políticas.
El verdadero riesgo no es Trump, sino el vacío moral del poder global, preocuparse por una supuesta “instrumentalización religiosa”, olvida una realidad más grave, gobiernos que persiguen cristianos, Estados que imponen ideologías contrarias a la fe, organismos internacionales que erosionan la soberanía moral de las naciones.
En ese escenario, Trump no es un salvador, pero sí un dique temporal frente a una agenda abiertamente hostil al cristianismo histórico. Reconocer eso no es fanatismo; es realismo político.
“Dad al César lo que es del César” no es neutralidad política. Jesús no estaba promoviendo la retirada de la vida pública, sino estableciendo límites entre esferas. El mismo pasaje ha sido históricamente mal usado para justificar la pasividad de los creyentes frente a la injusticia.
Dar al César lo que es del César implica también exigirle cuentas, no abdicar del juicio moral ni del compromiso cívico.
Trump no necesita ser defendido como creyente, sino evaluado como gobernante. En esto coincidimos parcialmente, Trump necesita oración, como cualquier ser humano. Pero la Iglesia (su feligresía) no vota por almas, vota por políticas públicas. Confundir esos planos conduce a una espiritualización imprudente de la política. Espiritualización que justifica a algunos hermanitos, cuando proclaman a 'soto voce' que la política 'es del diablo'.
La pregunta no es si Trump es un hombre redimido, sino si sus decisiones amplían o restringen la libertad religiosa, fortalecen o debilitan la soberanía nacional, protegen o erosionan principios morales fundamentales.
El peligro real no es que la Iglesia dialogue con el poder, sino que renuncie a influir por temor a contaminarse.
La fe cristiana nunca fue un refugio para almas delicadas, sino una fuerza que transforma la historia, a veces desde los márgenes, otras desde el centro del poder.
Trump no es un mesías por supuesto, pero tampoco el demonio político que algunos desean retratar (que no es el caso que presenta el hermano Tomás Gómez Bueno). Es un actor imperfecto, pero responsable, en un momento crítico. Negar esa complejidad no fortalece la firmeza y claridad del pensamiento cristiano; lo confunde.
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