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jueves, 14 de enero de 2010

Los cómplices

Los complices
por José Luis Sito

Tengo en las manos un libro editado en La Habana con fecha 31 de octubre de 1960, titulado Sartre visita a Cuba. La página de presentación comienza así:

“Cuando Carlos Franqui invitó a Jean Paul Sartre en Paris a venir a Cuba, un día, no sospechaba que la visita de Sartre fuera tan provechosa para la Revolución Cubana. Por supuesto que Sartre sería de una inestimable ayuda a la causa revolucionaria, pero el provecho vendría dado por la propaganda, no publicidad --ese artilugio capitalista: propaganda— que Sartre, con sus escritos, conseguiría nada más que por un simple desplazamiento. ‘Esa propaganda no se paga ni con un millón de pesos’, declaraba otro escritor francés de paso por la isla”.

Es cierto que la visita oficial de Sartre a Cuba en febrero-marzo de 1960 fue una propaganda millonaria, multimillonaria, para la supuesta “revolución cubana”. El texto que el filósofo escribe en aquella ocasión, Huracán sobre el azúcar, “fue leído por millones de franceses y traducido inmediatamente al italiano, al portugués, al ruso”, continúa la presentación. Cuba es “hoy un huracán revolucionario”, termina.

En marzo de 1960 Sartre estaba asistiendo no a una revolución, sino a la transformación de los cubanos en dictadores, ya que como lo plantea irónicamente Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag, se estaba instalando una dictadura del proletariado. Por esa razón se inventan rápidamente en las dictaduras marxistas-leninistas órganos como los CDR, donde el proletario actúa como dictador de su propia cuadra. Cuba se estaba volviendo una isla de proletarios dictadores con un indigente Dictador Máximo a la cabeza, y Sartre estaba colaborando a su cimentación con una maestría digna de su inteligencia, sabiduría y cultura.

Precisamente, al mismo tiempo que Sartre viajaba y colaboraba con un médico asmático fumador de cigarros y un abogado disfrazado de comandante --el primero responsable de la ruina del Banco Nacional y el segundo responsable de la ruina de la democracia—, Solzhenitsyn en Rusia estaba escribiendo a escondidas, y en peligro, Archipiélago Gulag, el libro que denunciaría el crimen de masas organizado por los soviéticos, y sería publicado en Francia en 1973.

Mientras que el filósofo francés recorría el trópico cubano, custodiado por futuros proletarios dictadores socialistas, hombres y mujeres en la URSS corrían peligros inmensos para ayudar al escritor ruso a revelar la mentira criminal del socialismo bolchevique.

Sabemos hoy cómo héroes anónimos dieron refugio a Solzhenitsyn y otros lo escondieron, cómo centenares de presos anónimos aportaron su testimonio, cómo el texto fue mecanografiado por tres mujeres de entre las cuales una se suicidó después de las torturas de la policía política, cómo fue microfilmado en gran secreto y enviado a Paris en una caja de caviar por un hombre que arriesgaba su vida transportando el documento.

Al mismo tiempo, Sartre recorría las tierras del futuro propietario de la isla, Castro, y escribía con perfecta claridad y frialdad: “La revolución es una medicina de caballo: una sociedad se quiebra los huesos a martillazos […]. El remedio es extremo y con frecuencia hay que imponerlo por la violencia. La exterminación del adversario y de algunos aliados no es inevitable, pero es prudente prepararse para ella”.

La colaboración con la dictadura del proletariado castrista todavía no ha cesado. Los cómplices continúan sus tareas, Oliver Stone (el mediocre Leni Riefenstahl oficial), Sean Penn (nacido en 1960), José Saramago (en desacuerdo, volvió pronto a reconciliarse) o Gabriel García Márquez (confidente del patriarca dictador). Son sólo una diminuta parte de la larga lista de complicidad con el totalitarismo tropical.

Mientras blogueros, artistas, jóvenes cubanos se arriesgan a reclamar espacios de libertad en la isla del socialismo “revolucionario”, el cineasta Jean-Luc Godard termina su última película, que será presentada en el próximo festival de Cannes con el título sugestivo de “Socialismo”. En ella trabajó el filósofo neo-marxista Alain Badiou, en lo que parece una nueva alianza de la cámara y el martillo. Hay que precisar la importancia de distinguir entre socialismos y de verificar el léxico empleado. Sin embargo, es de temer el resurgimiento de la nostalgia por una ideología que pensábamos agotada y condenada por la Historia. Para estos cómplices más o menos disimulados de dictaduras del proletariado, este socialismo, ahora reciclado, es necesario como capacidad de indignación frente a los mecanismos despiadados de las sociedades liberales. Olvidándose del pasado cubierto de crímenes, como del presente.

Quieren olvidar la voz de Solzhenitsyn: “Los campos han sido inventados para exterminar”. El campo de concentración cubano, rodeado de agua, ha sido inventado para exterminar a todos los enemigos de la dictadura del proletariado castrista. Exactamente lo que preconizaba Sartre hace 50 años: “La exterminación del adversario y de algunos aliados no es inevitable, pero es prudente prepararse para ella”.

La exterminación y sus cómplices siguen activos.
Tomado de http://cubainglesa.blogspot.com