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miércoles, 3 de mayo de 2017

Entre el tirapiedras, la motera, y la "plume coquine"

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Un célebre crítico literario inglés me pide vía el privado de Twitter que defina la corriente literaria a la que yo me siento deudora o a la que pertenezco. Para halagarme, o creyendo que con eso lo hará, suelta -probablemente sin pensarlo demasiado- que él opina que yo soy la primera figura descollante de eso que ahora llaman "el realismo sucio".
Respondo de la manera más distinguida que está a mi alcance, y ya saben ustedes que en algunos aspectos mis límites carecen de alcance:
"Agradezco infinitamente su intención de definir mi estilo literario (por no decir que maldigo su estampa al intentar rebajarlo a esa bazofia de realismo apestoso). No pertenezco a ninguna corriente literaria ni nunca me interesó pertenecer a nada, más bien lo contrario. No suelo interesarme en destacar ni descollar como no sea de manera muy íntima, allí, aliviando la soledad de cada uno de mis lectores, 'mon semblable, mon frère', que diría Charles Baudelarie retomado por Jaime Gil de Biedma. Considero que la lectura es un acto de soledad extrema, fascinante, purificador, y mi mayor ambición es acompañar al lector en ese acto de alquimia y soledad, haciéndolo a mi vez con mi mejor acto de soledad como aprendiz eterna: El de la creación".
Él crítico como buen crítico, insiste y persiste, alguien según pretende él, seguramente habrá calificado mi obra en algún sentido, por alguna vía... Silencio sepulcral de Twitter... Regreso al rato, después de haberme lavado la cabeza con un mejunje de aguacate y limón.
"Mire, hace muchos años, cuando publiqué mi primer libro de poemas, titulado muy pretenciosamente 'Respuestas para vivir', escrito para colmo a los 17 años -ya me dirá usted si a los 17 años viviendo como se vivía allá en Aquella Isla alguien hubiera podido tener "respuestas" para cualquier tontería y mucho menos para esta enorme estafa estrafalaría que es la vida, sobre todo una cubana nacida bajo un régimen totalitario, es que ni aún hoy con 58 años poseo respuestas significativas para nada, y francamente las preguntas me las reservo para mis instantes de dulces retos y juegos o trifulcas amorosas, prosigo-: pues hace mucho tiempo, cuando aquel libro fue editado, una década más tarde (y en poesía todo es siempre demasiado tarde), mi querido amigo el poeta Osvaldo Sánchez escribió muy generosamente que mis poemas, o sea, mi poesía, jamás podría ser encasillada en ningún molde preconcebido, porque yo era esa a la que nunca reclamarían para una antología de poesía cuyo tema, sugerido de antemano, eliminaría también por anticipado cualquier intento de aporte imaginativo del lado del lector. Recuerdo con mucho amor aquella crítica, porque no sólo fue valiente puesto que yo no era nadie, mucho menos que Ulises cuando debió llamarse 'Nadie', porque además ya desde entonces "nadie" (en el sentido literal de la palabra) me daba un espacio en una antología y era rechazada por esos mismos, los 'yatúsabes' de toda la vida, que a la larga tanto me han enriquecido, lo mismo con sus hipócritas aplausos que con su perenne y definitiva maldad. La crítica de Osvaldo terminaba así: 'Éramos pocos y parió La Avellaneda'. Esa frase ha sido el 'leit-motiv' de toda mi obra poética posterior, se convirtió para mi en el trampolín que todo escritor necesita para impulsarse y hundirse gozoso en el pozo infinito de todos los misterios. Compararme con la Tula, no la del cuarto, sino la que escribió esa gran novela, 'Sab', y toda su poesía, ha sido mi mayor reto y distinción literarios."
Silencio Twittal, peor que el monacal. Pero el señor crítico literario es duro de pelar, y arremete con suma elegancia. Puedo imaginarlo agazapado en su estiramiento del otro lado de la "tela" que no es 'tisú', es inmateria virtual, masticando con parsimonia sus galletitas de yema y canela, untadas con un rebozo de espesa mantequilla, además de su humeante té.
"Pero su estilo es violento, sexual... " "Sensual", corrijo. "Decía que su estilo es 'sensual' (no lo decía él, lo dije yo). Pareciera que la soberbia la domina (no lo parece, es que la soberbia me domina). Las palabras se postran ante usted vívidas, sobrenaturales (se equivoca otra vez, soy yo la sacerdotisa de las palabras, yo soy la que se postra ante ellas vívida y sobrenatural, considerando como considero que la escritura es un sacerdocio"... Ahora cree que finaliza, entonces me pasa la refinada mano como para domarme, me dora la píldora, pero yo me liberé hace mucho rato de ciertas y complejas adicciones.
"Empecé a escribir a la edad de once años, un diario que luego se convirtió en Dia-Eros. Era una niña triste que se proponía únicamente ser alegre, y hacer feliz a los que me rodeaban. Eso era todo. Vivíamos muy mal. No voy a entrar en detalles, aunque debiera hacerlo, como mismo han hecho tantos escritores actuales latinoamericanos que publican más por lo mal que cuentan ellos que vivieron que por ser buenos escritores. En fin, a esa edad también mi tío me puso en las manos un tirapiedras, mi madre me regaló una vieja 'motera' o polvera a la que ella llamaba 'vánite' (nada que ver con la representación austera de la muerte), la mota era antigua, de los años treinta, y estaba fabricada de una materia muy suave cortada a ras, tan delicada que mi primera experiencia erótica es probable que la haya tenido con esa mota indeleble, mi abuela por su parte me ofrendó una pluma de oro para que yo escribiera lo que quisiera.
Mi tío me rogó que fuese la más certera del barrio al apuntar con el tirapiedras, y puedo asegurar que no existe sensación más sublime e incluso divina que cuando se da infalible en el blanco. Oler hasta la náusea el desgastado perfume de la 'motera' o polvera despertó en mi unas ansias inusitadas por la fabulación, me transportaba e imaginaba en la piel de los más increíbles personajes de ficción, la mayoría inventados por mi, o por Julio Verne y Emilio Salgari, entre otros escritores de mi adolescente predilección. La pluma de oro la perdí, no, perdón, me la arrebataron. Al morir mi abuela otro heredero familiar, aunque lejano, como suele ocurrir, la reclamó en herencia. Durante años he buscado incansable e insaciable esa pluma, y puedo presumir de que hace muy poco, tal vez me la han devuelto, en forma de "plume coquine", que mientras acaricia voluptuosamente escribe en mi lo que yo quiero.
Ponga usted en su artículo que mi estilo se sitúa entre el tirapiedras, el antiguo perfume de la 'motera' o polvera, y esa pluma que a veces mancha o engalana el papel con la tinta del tintero, y otras acaricia la carne enchumbada con la leche del deseo. No hay nada sucio y mucho menos cochambroso en ansiar con inteligencia y pasión sólo una cosa: Escribir lo que yo quiero."
No sé si habrá entendido bien el verbo "enchumbar". Pero en general, a 'grosso modo', de eso va lo mío. ¿Paquémá?
Zoé Valdés.
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