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jueves, 26 de noviembre de 2015

El ocaso de la dinastía Bush

Alfredo Cepero. La Nueva Nación
Ha llegado la hora de que Jeb y el resto de la dinastía Bush renuncien a futuros e inalcanzables sueños y confronten la realidad que tienen ante sus ojos.
Jeb Bush quiere desesperadamente ser presidente. El padre, la madre y el hermano de Jeb quieren que éste sea presidente. La vieja guardia del partido lo tiene como su candidato preferido y le ha proporcionado un tesoro de campaña de 127 millones de dólares--103 del "superpac" y 24 en donaciones directas--suficientes como para pulverizar a sus adversarios en las primarias republicanas. En un principio pareció en camino de ser coronado por su partido como lo ha sido Hilary Clinton por los demócratas. Pero las cosas se le complicaron porque el huracán político de este 2016 ha desafiado todos los vaticinios y echado por el piso todos los pronósticos.
Después de un presidente arrogante e inepto que ha hecho del sarcasmo su arma preferida para insultar a sus adversarios y que ha dividido a la sociedad norteamericana como ningún otro residente de la Casa Blanca, el pueblo ha perdido la paciencia y la confianza en los políticos tradicionales. La hasta ahora "mayoría silenciosa" se ha vuelto vociferante. La mayoría conservadora de este país ha decidido arrancarle el poder a toda costa a la minoría de izquierda que ha llevado a los Estados Unidos a la ruina económica y al desprestigio internacional. No quieren diálogo sino confrontación, no quieren negociadores sino vengadores. Y el traje de vengador le queda grande a John Ellis "Jeb" Bush.
Al igual que otros observadores del panorama político, pensé en un principio que los principales obstáculos de Jeb para obtener la postulación del partido eran su preferencia por el sistema educativo del "common core" y su posición compasiva en asuntos de inmigración. Pero, después de ver su pobre desempeño en los debates y su forzada actuación en sus anuncios de campaña, he concluido que el problema es el carácter y la personalidad del propio Jeb. En los debates se le contempla incómodo y en los anuncios parece ficticio cuando se quiere mostrar agresivo. Y eso no lo arreglan ni los asesores más capacitados ni los millones de dólares para vender su candidatura. Como diría mi abuelo, este caballo tiene las patas "espiadas" y no hay jinete que lo pueda hacer cabalgar hasta la victoria.
Ha llegado la hora de que Jeb y el resto de la dinastía Bush renuncien a futuros e inalcanzables sueños y confronten la realidad que tienen ante sus ojos. Tuvieron sus momentos de gloria y sirvieron al país con honestidad y patriotismo pero se les pasó su cuarto de hora. Una retirada a tiempo preservaría su prestigio y pondría fin al ridículo que ya están haciendo. Como ese de poner a un anciano depauperado a llorar en entrevistas televisivas. George Herbert Walker Bush merece ser recordado como el hombre que organizó una gran coalición para liberar a Kuwait de las garras de Sadam Hussein y no como una figura patética que no es la sombra de lo que fue. Bárbara Bush debió haber aprendido de la forma en que Nancy Reagan protegió a su "Roni" de miradas impertinentes cuando su marido entró en la etapa final de su enfermedad.
Pero el poder parece ser un virus que se resiste a todo tipo de antibiótico. Por eso los Bush han sacado todos sus cañones para lograr lo que sería un record digno del libro de Guinness, con el padre y dos de sus hijos como presidentes del país. En la historia de la democracia norteamericana solamente dos familias, los Adams--John Adams y John Quincy Adams-- y los Bush--George H.W. Bush y George W. Bush--han alcanzado el honor de que padre e hijo fueran presidentes de los Estados Unidos.
Esa parece ser la razón por la cual la dinastía Bush ha llegado al colmo de poner al patriarca a hacer campaña. En su halagadora biografía "Destiny and Power", el escritor Jon Meacham cita a Bush padre culpando a Donald Rumsfeld y a Dick Cheney de los errores de George W. en la conducción de la guerra de Irak. Un gesto fuera de carácter para un hombre moderado como Bush y un esfuerzo desesperado por salvar del naufragio a la aspiración presidencial de Jeb.
Por otra parte, esta aspiración de Jeb desafía tanto la lógica como la historia política de los Estados Unidos. Resulta paradójico que en un país de 300 millones de habitantes no haya otro ciudadano con la capacidad para ser presidente aún cuando no se apellide Bush. Además, tres presidentes Bush en 27 años constituye, en el mejor de los casos, una anomalía y, en el peor, una aberración. Jeb tendría que dar razones muy sólidas para que los votantes norteamericanos decidan perpetuar una dinastía que rompe las tradiciones políticas del país y, en gran medida, niega esa virtud de la democracia de la rotación periódica de los gobernantes. Hasta ahora Jeb no ha sabido hacerlo y todo indica que no podrá hacerlo.
Las encuestas, por otra parte, no dejan lugar a dudas. En todos los sondeos a nivel nacional Jeb no ha logrado jamás superar los números singulares, generalmente alrededor del 6 por ciento, que lo sitúan casi siempre en cuarto o quinto lugar entre los aspirantes republicanos. Las encuestas sobre las primarias de New Hampshire, donde tendrán lugar las segundas primarias republicanas, han arrojado resultado devastadores. Jeb se encuentra en cuarto lugar, por debajo de Trump, Carson y Marco Rubio, con el 9 por ciento de aprobación. Todo esto a pesar de haber gastado 14 millones en anuncios en ese estado.
Sin embargo, Jeb y la familia insisten en el fracasado empeño. No han aprendido la lección de la vida de que, sobre todo en política y en deportes, es tan importante saber entrar como saber salir. Que retirarse con elegancia y en el momento cumbre de la carrera preserva el legado y mantiene la dignidad. Pero, como esos boxeadores que insisten en subir al cuadrilátero cuando han mermado sus energías, Jeb trató de minimizar las calificaciones de un potente Marco Rubio e hizo el más soberano ridículo. Un ridículo que se multiplicaría en proporciones geométricas si llegara perder las primarias de la Florida, el estado donde realizó una buena labor como gobernador.
Si tuviera la oportunidad de hablarle a los Bush les diría que, aunque les cueste reconocerlo, por su propio bien y por el bien de la nación que han servido y amado, deben de aceptar la realidad de que los nuevos tiempos y las nuevas circunstancias los han convertido en una dinastía obsoleta.
11-23-2015
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