_El suicidio de Nueva York tiene un nombre: Zohran Mamdani_
_Por Elías Wessin_
Nueva York fue durante décadas la vitrina más brillante de Occidente. La ciudad donde el inmigrante llegaba con una maleta, aprendía el idioma, trabajaba sin descanso, respetaba la ley y, en una generación, se convertía en ciudadano pleno.
Era libertad a cambio de integración, oportunidades a cambio de responsabilidad. Esa realidad hoy, está siendo desmontada desde el poder político.
Las declaraciones del alcalde socialista Zohran Mamdani, llamando a que Estados Unidos se abra al Islam y a “los consejos del profeta Mahoma” como fundamento moral para justificar la inmigración masiva, bajo la premisa de que “el Islam está construido sobre la migración”, constituye una invitación explícita a redefinir la identidad cultural de Estados Unidos sobre bases ajenas a su tradición constitucional.
No estamos ante pluralismo, estamos ante sustitución. Conviene aclararlo sin ambages, el problema es cuando una religión violenta se convierte en proyecto político y pretende orientar la acción del Estado.
Ahí deja de ser devoción privada y se transforma en ideología de poder.
La República moderna no puede regirse por “consejos proféticos”. Se rige por leyes civiles, por una Constitución y por la igualdad jurídica de todos ante el Estado.
Cuando un alcalde sugiere que la política pública debe inspirarse en una doctrina religiosa evidéntemente radical, está minando el principio más básico de la neutralidad institucional.
Estados Unidos no se construyó sobre teocracia ni identidades tribales. Se edificó sobre el constitucionalismo, la herencia judeocristiana, la Ilustración, el imperio de la ley y la economía de mercado.
Esa combinación produjo el experimento de libertad más exitoso de la historia moderna. Por eso millones quisieron y quieren (todavía) llegar allí. Pero la hospitalidad siempre tuvo una condición tácita: integrarse.
Alexis de Tocqueville advertía que la democracia depende de costumbres y valores compartidos, no solo de leyes escritas. Sin ese sustrato moral común, la libertad degenera en conflicto permanente. Si cada grupo trae su propio sistema jurídico, su propia lealtad primaria y su propia visión del Estado, la nación deja de ser comunidad y se convierte en archipiélago.
Eso es precisamente lo que ocurre cuando la inmigración deja de ser integración y se transforma en fragmentación cultural.
Europa ya está pagando el precio de ese experimento. Barrios donde la ley civil retrocede, enclaves donde la autoridad estatal es simbólica, tensiones identitarias constantes y una clase política que teme exigir adaptación por miedo a ser acusada de “intolerante”.
El resultado no ha sido armonía multicultural, sino guetos y resentimiento. Repetir ese error en Estados Unidos no es compasión, es irresponsabilidad histórica.
Lo más desconcertante, sin embargo, es la alianza entre la izquierda progresista y el islamismo político. Una izquierda que dice defender el feminismo, los derechos LGBTIQ+ y la secularización del Estado, pero que al mismo tiempo apoya movimientos religiosos que niegan esos mismos principios, la contradicción es evidente. No es coherencia ideológica; es cálculo político.
Para ciertos sectores progresistas, cualquier fuerza que debilite la tradición occidental sirve como aliado táctico. Es la lógica del “enemigo de mi enemigo”. Pero la historia enseña que las alianzas basadas en resentimientos terminan devorándose a sí mismas.
Hannah Arendt advertía que cuando la política se subordina a la ideología, la realidad deja de importar y todo se justifica en nombre de una causa abstracta. El resultado suele ser el caos.
El verdadero multiculturalismo no significa que cada grupo imponga sus normas. Significa convivir bajo reglas comunes.
Una nación no es un "hotel" donde cada cual vive según su propio código. Es una comunidad política con deberes compartidos.
Por eso toda política migratoria seria exige tres condiciones mínimas: respeto a la Constitución, Estado de Derecho e integración cultural básica. Sin esos pilares, la inmigración no fortalece el país, lo deshace.
Las declaraciones de Mamdani apuntan exactamente en la dirección contraria. No hablan de integración, sino de adaptación del país receptor. No piden asumir la tradición americana, sino reconfigurarla. Eso no es inclusión; es desarraigo.
Y cuando una sociedad pierde su identidad, pierde también su capacidad de sostener la libertad.
República Dominicana, desde nuestra perspectiva caribeña, (y voy más lejos, toda América Latina) debe asimilar esta lección de Nueva York y su flamante Alcalde, no podemos permitir experimentos ideológicos importados ni políticas migratorias sin control. La soberanía no es un capricho nacionalista; es una condición de supervivencia.
Caridad sin prudencia termina siendo autodestrucción. Defender fronteras y preservar el marco civico cristiano-occidental no es xenofobia, es sentido común histórico.
Toda comunidad política que renuncia a sus principios fundacionales se convierte en tierra de nadie.
Friedrich von Hayek recordaba que el orden de una civilización puede perderse mucho más rápido de lo que tardó siglos en construirse. Destruir es fácil; reconstruir, casi imposible.
Nueva York no corre peligro por su diversidad. Siempre fue diversa. Corre peligro cuando sus líderes se avergüenzan de sus raíces y abrazan ideologías que la niegan. Cuando confunden tolerancia con rendición. Cuando creen que toda identidad es opresiva, excepto la del recién llegado.
Ese es el verdadero suicidio.
El problema no es la fe privada de nadie en términos pacíficos. El problema es convertir el islam en programa de gobierno.
Cuando eso ocurre, la libertad retrocede, el Estado se fragmenta y la nación se diluye. Y la historia es implacable con las sociedades que abdican de sí mismas. Nueva York fue grande porque supo integrar sin dejar de ser Nueva York.
Si renuncia a eso, no quedará nada que integrar.
Quedará, simplemente, la ruina de lo que alguna vez fue un faro de superación en base al trabajo y oportunidades de Occidente.
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