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martes, 12 de mayo de 2026

El secreto de Pastorita Núñez

 Autor Jorge González Jr.

La Mujer medio Macho que una vez fue y cerró varias Iglesias Católicas terminó su vida en un Hogar de Ancianos Católico y cuidada por Monjas a las que Élla expulsó de Cuba…


Sufrió el MISMO DESTINO que Camilo Cienfuegos : El SECRETO de Pastorita Núñez


Parte 1


La mujer que había entregado miles de techos a los pobres de Cuba terminó tocando la puerta de un asilo católico con 73 años, un maletín pequeño, unos libros gastados y una radio vieja como si nunca hubiera construido nada.


Era junio de 1994, y Pastorita Núñez estaba de pie frente al asilo Santovenia, en la Calzada del Cerro, sin escolta, sin carro oficial, sin una casa digna del Estado que ella había servido desde la clandestinidad hasta la vejez. Las monjas le abrieron la puerta con una piedad silenciosa. Nadie hizo discurso. Nadie puso una banda de música. Nadie recordó en voz alta que aquella anciana de mirada firme había sido, alguna vez, la mujer a quien Fidel Castro llamó la persona más honesta de la revolución.


El patio olía a humedad, medicina y café viejo. Pastorita entró despacio, cargando su maletica como quien carga una vida entera reducida a unas pocas cosas. En el fondo, una radio chisporroteaba con voces oficiales que seguían celebrando victorias, planes, consignas y futuros luminosos. Ella no dijo nada. Miró las paredes del asilo y luego bajó la vista, como si midiera por dentro la distancia entre esa habitación sencilla y los barrios que había levantado para otros.


Años antes, en 1960, Fidel Castro había pronunciado una frase que después el poder parecía querer enterrar. Dijo que para manejar millones hacía falta alguien con una probidad probada, alguien capaz de tocar dinero y no robarse 1 centavo. Eligió a Pastorita Núñez. No escogió a un general, ni a un burócrata, ni a un economista de despacho. Eligió a la mujer que había subido a la Sierra Maestra con una maletica cargada de dinero y sin abrigo, la misma que atravesaba retenes de Batista para recaudar impuestos revolucionarios en las haciendas del oriente.


Pastorita no era frágil. En la clandestinidad habanera había distribuido propaganda, escondido armas, guiado periodistas por rutas secretas y fundado el Frente Cívico de Mujeres Martianas. Durante la huelga del 9 de abril de 1958 dirigió la toma de varias iglesias católicas, sin imaginar que décadas después sería una institución católica la que le abriría la puerta cuando la revolución la dejara fuera.


En la Sierra Maestra le dieron un nombre de guerra: Agustina. Le dieron rango de primer teniente. Pero su misión no fue disparar, sino traer dinero, balas, medicinas, comida y botas para una guerrilla hambrienta. Fidel Castro escribió de ella palabras que parecían una bendición: valentía, eficiencia y honestidad. Esas 3 palabras la elevaron. Esas mismas 3 palabras, con el tiempo, la hicieron peligrosa.


Cuando Batista huyó el 1 de enero de 1959, Pastorita bajó de la montaña con 37 años y una reputación limpia. Su relación con Fidel, según ella misma la definió, tenía 3 nombres: amigo, compañero y jefe. Al principio, parecía que esas palabras podían convivir. Pero en Cuba, con los años, solo quedó la última. El jefe.


La Habana necesitaba casas. Miles de familias vivían amontonadas en cuarterías, pagando alquileres abusivos por habitaciones sin aire, sin agua, sin esperanza. En el campo, muchos guajiros dormían en bohíos oscuros, con techos vencidos y pisos de tierra. La revolución prometía dignidad, pero la dignidad no podía comerse ni repetirse en un discurso: tenía que construirse con cemento, ventanas y llaves.


En febrero de 1959 nació el Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas, el INAV. Fidel puso a Pastorita al frente. La vieja Lotería Nacional, antes símbolo de corrupción, fue transformada en bonos de ahorro. La gente compraba su boleto y ese dinero levantaba casas. El vicio nacional se convertía en techo. Pastorita revisaba cuentas, presionaba contratistas, escuchaba arquitectos y entregaba llaves en persona.


—Esta casa no es un favor —decía frente a mujeres con hijos, maestros, obreros, técnicos—. Es lo que ustedes merecen.


En 27 meses, el milagro tuvo forma de barrio. Se construyeron miles de viviendas, 116 modelos en el país, 47 solo en La Habana. No eran cajas grises repetidas hasta matar el alma. Eran apartamentos con ventilación, jardines, estacionamientos, espacios verdes y diseño. En Habana del Este, la unidad Camilo Cienfuegos se levantó frente al Atlántico como una promesa visible: 51 edificios de 4 plantas, 7 edificios de 11 plantas, 1306 apartamentos y vida para 7836 personas.


La gente dejó de usar los nombres oficiales. Decían las casas de Pastorita. Los repartos de Pastorita. En Cienfuegos, Santa Clara, Camagüey, Guantánamo y Güines, su nombre empezó a circular con una gratitud que ningún ministerio podía controlar.


Y ahí nació el pecado.


Porque en aquel sistema nadie podía brillar demasiado cerca del líder. Nadie podía recibir más amor que el Comandante. Nadie podía demostrar que la revolución funcionaba mejor cuando dejaba trabajar a los competentes.


En junio de 1961, sin juicio, sin explicación pública y sin escándalo, le quitaron a Pastorita el ala de construcción del INAV. Le dejaron el nombre, pero le arrancaron las manos. La mujer que había levantado barrios enteros recibió la noticia en silencio. Alguien cerró una carpeta. Alguien firmó un traslado. Alguien decidió que su obra era demasiado buena, demasiado visible, demasiado suya.


Esa noche, Pastorita se quedó mirando una maqueta que todavía no había sido construida. El edificio Libertad, las supermanzanas, las torres soñadas, los apartamentos para maestros, todo seguía allí en miniatura.


Y entonces comprendió que no le estaban quitando un cargo: le estaban borrando el futuro...


Parte 2


Después del golpe silencioso, Pastorita Núñez fue enviada al Valle del Perú a dirigir un plan lechero. La mujer que había administrado millones sin mancharse las manos terminó supervisando vacas entre marabú, polvo y órdenes pequeñas, como si el poder quisiera enseñarle su verdadero lugar. Pero Pastorita no sabía hacer nada a medias. Donde otros veían castigo, ella veía tarea; convirtió tierras abandonadas en producción, organizó trabajo, exigió disciplina y siguió levantando vida, aunque ya no fueran edificios sino potreros. El mensaje, sin embargo, estaba claro para todos los que sabían leer entre líneas: la habían apartado del pueblo que la aplaudía. Después vino el Parque Lenin, luego el INAF, más tarde un puesto casi decorativo en el Museo Nacional de Bellas Artes. Cada cargo sonaba respetable desde afuera, pero por dentro era una puerta menos, una ventana cerrada, una forma elegante de expulsarla sin fusilarla. Mientras tanto, la arquitectura que ella había impulsado empezó a ser reemplazada por bloques prefabricados, microbrigadas improvisadas y edificios sin alma. Los obreros que antes trabajaban bajo profesionales pasaron a levantar paredes con prisa y consignas. Donde Pastorita había permitido jardines, el sistema puso concreto gris. Donde había ventilación natural, llegaron pasillos sofocantes. Donde hubo diseño, apareció obediencia. Y lo más cruel era que las casas de Pastorita seguían firmes, resistiendo huracanes, abandono y décadas, mientras las nuevas construcciones se cuarteaban como una mentira vieja. En las colas, en los solares, en las escaleras oscuras de los edificios nuevos, la gente murmuraba comparaciones peligrosas. Nadie lo decía demasiado alto, pero todos sabían que antes se había podido hacer mejor. Mario Coyula, que había visto de cerca aquel impulso inicial, resumiría años después la tragedia con una claridad dolorosa: Pastorita dejaba trabajar a los profesionales. Eso, en una revolución que empezaba a preferir la obediencia al talento, era casi una herejía. Pastorita nunca rompió públicamente con Fidel Castro. Nunca se fue al exilio. Nunca levantó una acusación abierta. Guardó su disciplina como quien guarda una herida debajo del uniforme. Pero su silencio no la salvó del olvido. En 1975 se jubiló con 54 años, demasiado joven para desaparecer y demasiado incómoda para volver. Durante 19 años, su nombre se fue hundiendo en la prensa oficial mientras sus edificios seguían hablando por ella. En círculos del exilio comenzó a correr el rumor de unas memorias. Decían que Pastorita escribía, que guardaba recuerdos, fechas, frases, escenas que podían romper la versión oficial. Si esas páginas existieron, nadie las vio publicadas. En Cuba, una mujer vieja con memoria podía ser más peligrosa que un hombre armado. Para 1994, la antigua recaudadora de la Sierra, la constructora de Habana del Este, la administradora impecable, llegó al asilo Santovenia con casi nada. La revolución no le dio casa. Las monjas sí. Allí, donde muchos habrían esperado que se apagara, Pastorita volvió a empezar. Sembró un organopónico en el patio, organizó un aula para adultos mayores, enseñó, corrigió, repartió tareas y convirtió el abandono en servicio. Pero una tarde, mientras acomodaba sus libros junto a la radio vieja, una visitante le preguntó por la maletica de la Sierra Maestra. Pastorita se quedó inmóvil. La miró con una tristeza dura, como si entendiera que el pasado acababa de tocar la puerta otra vez. 


Parte 3


La maletica estaba allí, envejecida, discreta, casi ridícula para cualquiera que no conociera su peso verdadero. No guardaba millones, pero sí el eco de los millones que Pastorita había cruzado entre retenes, amenazas y montañas. También conservaba el sello del Movimiento 26 de Julio, papeles, recuerdos, una carta en blanco firmada por Juan Manuel Márquez, la medalla de San Lázaro que le había regalado Guido García Inclán y la máscara mortuoria de Eduardo Chibás, el hombre de la vergüenza contra dinero. Eran reliquias de una promesa rota. Para Pastorita, no eran trofeos: eran pruebas de que alguna vez la palabra honestidad significó algo. En el asilo, nadie le pidió cuentas. Las monjas no la trataron como estatua ni como propaganda, sino como una anciana que todavía necesitaba café caliente, sombra en el patio y alguien que escuchara. Eso fue quizá lo que más dolió. El Estado que ella había servido la redujo a una nota perdida; la Iglesia que un día la revolución utilizó como refugio clandestino le ofreció una cama sin preguntarle si seguía siendo útil. Con los años, los reconocimientos llegaron tarde y fríos. En 2000, el Estado la nombró Heroína Nacional del Trabajo, 41 años después de sus grandes obras. En 2001, ONU Habitat reconoció la importancia de su trabajo. Las medallas brillaban, pero no reparaban el abandono. No devolvían los proyectos enterrados: el edificio Libertad de 50 pisos, El Pontón con apartamentos para maestros, Colinas de Lawton, las supermanzanas de Habana del Este. Cuba no había perdido solo a una funcionaria; había perdido una manera de construir el futuro. En septiembre de 2010, con 89 años, Pastorita apareció en público vestida con su uniforme militar en la Universidad de La Habana, durante la presentación de un libro de Fidel Castro. La escena tenía una crueldad silenciosa. Allí estaba ella, pequeña y firme, frente al hombre que un día la había elevado por honesta y luego la había apartado por brillante. No hizo falta que dijera nada. El uniforme hablaba. Las arrugas hablaban. Su presencia era una acusación sin gritos. Quienes la vieron entendieron que no iba a pedir perdón ni permiso. Estaba allí como una sobreviviente de la misma revolución que la había devorado. El 26 de diciembre de 2010, Pastorita Núñez murió de una hemorragia cerebral en La Habana. Tenía 89 años. La cremaron esa misma tarde. Sus cenizas fueron llevadas al reparto Camilo Cienfuegos, en Habana del Este, junto al busto de José Martí, entre los edificios que todavía resistían como testigos de piedra. No hubo manera de borrarla del todo. El papel oficial podía cambiar nombres, minimizar cargos, esconder fotografías o recordar solo a la combatiente y no a la constructora. Pero el cemento no obedecía órdenes. En Camagüey, Guantánamo, Güines, Santa Clara y otros lugares, la gente siguió diciendo las casas de Pastorita. El pueblo, que muchas veces calla por miedo, también sabe guardar memoria por terquedad. Mientras edificios posteriores se agrietaban, sus repartos seguían en pie con jardines, fachadas nobles y techos que no se rendían. La gran verdad era demasiado simple y demasiado peligrosa: Pastorita había demostrado que Cuba pudo tener viviendas dignas, barrios hermosos y funcionarios honestos. Por eso su historia dolía tanto. Porque no era solo la historia de una mujer abandonada en un asilo con una radio vieja. Era la historia de un país que castigó a quien hizo bien su trabajo y después fingió no recordar por qué sus casas seguían de pie. Cuando sus cenizas tocaron la tierra de Camilo Cienfuegos, pareció que por fin la mujer sin casa volvía a una casa inmensa, hecha por sus propias manos, habitada por miles de familias que quizá nunca supieron cuánto le debían. Y allí quedó Pastorita Núñez, no como una consigna, sino como una pregunta que todavía incomoda: qué clase de revolución abandona a la mujer que le enseñó a construir.

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